conocí a los célebres poetas de nuestro propio país; pero solo cuando ya había dejado de estar en mi poder extraer los beneficios más importantes de tal convicción, percibí la necesidad de familiarizarme con más lenguas que la de mi país natal. Ahora tengo veintiocho años, y en realidad soy más inculto que muchos escolares de quince. Es verdad que he pensado más, y que mis ensoñaciones son más amplias y magníficas; pero carecen (como dicen los pintores) de perspectiva (keeping); y necesito mucho a un amigo que tenga la sensatez de no despreciarme por romántico, y el afecto suficiente hacia mí como para intentar disciplinar mi mente. > > Bien, estas son quejas inútiles; ciertamente no encontraré ningún amigo en el ancho océano, ni siquiera aquí en Arcángel, entre mercaderes y marineros. Sin embargo, algunos sentimientos, ajenos a la escoria de la naturaleza humana, laten incluso en esos pechos rudos. Mi teniente, por ejemplo, es un hombre de un valor y una empresa maravillosos; desea locamente la gloria o, más bien, para expresar mi frase con mayor propiedad, el ascenso en su profesión. Es inglés y, en medio de sus prejuicios nacionales y profesionales, sin suavizar por la cultura, conserva algunas de las más nobles dotes de la humanidad. Lo conocí por primera vez a bordo de un ballenero: al descubrir que se encontraba sin empleo en esta ciudad, lo contraté fácilmente para que me ayudara en mi empresa. > > El capitán es una persona de excelente disposición, y destaca en el barco por su afabilidad y la suavidad de su disciplina. Esta circunstancia, sumada a su bien conocida integridad y a su valor indómito, hizo que me interesara mucho en contratarlo.
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Carta II
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