progresamos rápidamente en el conocimiento del idioma, de modo que en dos meses comencé a comprender la mayoría de las palabras pronunciadas por mis protectores.
“Entre tanto, la tierra negruzca también se cubrió de hierba, y las verdes riberas se salpicaron de innumerables flores, gratas al olfato y a la vista, estrellas de pálido resplandor entre los bosques iluminados por la luna; el sol se volvió más templado, las noches claras y balsámicas; y mis paseos nocturnos constituían un inmenso placer para mí, aunque se veían considerablemente abreviados por la puesta tardía y la salida temprana del sol; pues jamás me aventuraba a salir a la luz del día, temeroso de sufrir el mismo trato que antaño había padecido en el primer pueblo en el que entré.
Mis días los pasaba en atenta observación, para dominar más rápidamente el idioma; y puedo presumir que progresé con mayor rapidez que la árabe, la cual comprendía muy poco y se expresaba con acento entrecortado, mientras que yo entendía y podía imitar casi cada palabra que se pronunciaba.
“Mientras mejoraba en el habla, también aprendí la ciencia de las letras, tal como se le enseñaba al desconocido; y esto abrió ante mí un vasto campo de asombro y deleite.
“El libro con el que Félix instruía a Safie era Las ruinas de los imperios, de Volney. Yo no habría comprendido el propósito de este libro si Félix, al leerlo, no hubiera dado explicaciones muy detalladas. Había elegido esta obra, según decía, porque el estilo declamatorio estaba concebido a imitación de los autores orientales. A través de esta obra obtuve un conocimiento superficial de la historia y una visión de los distintos imperios que existen actualmente en el mundo; me dio una idea de las costumbres, los gobiernos y las religiones de las diferentes naciones de la tierra. Oí