agresor, con mayor velocidad, huyó hacia el bosque.
«¡Éste era, pues, el premio a mi benevolencia! Había salvado a un ser humano de la destrucción y, como recompensa, me retorcía ahora bajo el miserable dolor de una herida que me había destrozado la carne y los huesos.
Los sentimientos de bondad y mansedumbre que había albergaro apenas unos momentos antes dieron paso a una furia infernal y a un rechinar de dientes. Inflamado por el dolor, juré odio eterno y venganza a toda la humanidad. Pero la agonía de mi herida pudo conmigo; mis pulsaciones se detuvieron y desvanecí».
“Durante algunas semanas llevé una vida miserable en los bosques, esforzándome por curar la herida que había recibido. La bala había entrado en mi hombro, y no sabía si se había quedado allí o lo había atravesado; en cualquier caso, no tenía medios para extraerla. Mis sufrimientos se veían aumentados además por la opresiva sensación de la injusticia y la ingratitud con que me habían sido infligidos. Mis votos diarios clamaban por venganza—una venganza profunda y mortal, la única capaz de compensar las ofensas y la angustia que había soportado.