Si el estudio al que te aplicas tiene la tendencia de debilitar tus afectos y de destruir tu gusto por aquellos placeres sencillos en los cuales ninguna mezcla impura puede darse jamás, entonces ese estudio es ciertamente ilegítimo, es decir, no apropiado para la mente humana. Si esta regla siempre se observara; si ningún hombre permitiera que persecución alguna interfiriera con la tranquilidad de sus afectos domésticos, Grecia no habría sido esclavizada; César habría perdonado a su país; América habría sido descubierta más gradualmente; y los imperios de México y Perú no habrían sido destruidos.
Pero olvido que estoy moralizando en la parte más interesante de mi relato; y vuestras miradas me recuerdan que debo continuar.
Mi padre no hizo ningún reproche en sus cartas, y solo se dio por enterado de mi silencio interesándose por mis ocupaciones con más detalle que antes. El invierno, la primavera y el verano pasaron durante mis trabajos; pero no observé la floración ni el despliegue de las hojas —espectáculos que antes siempre me producían un deleite supremo—, tan absorto estaba en mi labor. Las hojas de aquel año se habían marchitado antes de que mi obra se acercara a su fin; y ahora cada día me mostraba con más claridad cuán exitoso había sido. Pero mi entusiasmo se veía frenado por mi ansiedad, y más bien parecía alguien condenado por la esclavitud a trabajar en las minas, o en cualquier otro oficio insalubre, que un artista ocupado en su empleo favorito. Cada noche me oprimía una fiebre lenta, y me volví nervioso hasta un grado doloroso; la caída de una hoja me asustaba, y huía de mis semejantes como si me hubiera hecho culpable de un crimen. A veces me alarmaba el despojo en que advertía que me había convertido; la energía de mi propósito era lo único que me sostenía: mis labores pronto terminarían, y creí que el ejercicio y la diversión alejarían entonces la enfermedad incipiente; y me prometí ambas cosas cuando mi creación estuviera completa.