los antiguos mártires. Pero para un magistrado ginebrino, cuya mente estaba ocupada por ideas muy distintas a las de la devoción y el heroísmo, esta elevación de espíritu tenía mucho de apariencia de locura. Se esforzó en calmarme como una nodriza a un niño, y achacó mi relato a los efectos del delirio.
—¡Hombre —exclamé—, cuán ignorante eres en tu orgullo de la sabiduría! Detente; no sabes lo que dices.
Salí de la casa furioso y perturbado, y me retiré a meditar en otro modo de acción.