El anciano había estado pensativo mientras tanto; pero, al aparecer sus compañeros, adoptó un aire más alegre y se sentaron a comer. La comida despachóse con rapidez. La joven volvió a ocuparse de ordenar la cabaña; el anciano paseó unos minutos frente a la casa bajo el sol, apoyado en el brazo del joven. Nada podía superar en belleza al contraste entre estas dos excelentes criaturas. El uno era anciano, de cabellos plateados y rostro radiante de benevolencia y amor; el otro era de figura esbelta y graciosa, y sus facciones estaban moldeadas con la más fina simetría; sin embargo, sus ojos y su actitud expresaban la más absoluta tristeza y desolación. El anciano regresó a la cabaña; y el joven, con herramientas distintas a las que había usado por la mañana, encaminó sus pasos a través de los campos.
La noche se echó encima rápidamente; pero, para mi extrema sorpresa, descubrí que los aldeanos tenían un medio de prolongar la luz mediante el uso de bujías, y me encantó ver que la puesta de sol no ponía fin al placer que experimentaba al observar a mis vecinos humanos.
Por la tarde, la joven y su compañero se ocupaban en diversas labores que yo no comprendía; y el anciano volvió a tomar el instrumento que producía los sonidos divinos que me habían hechizado por la mañana.
Tan pronto como terminó, el joven comenzó, no a tocar, sino a emitir sonidos monótonos que no se parecía ni a la armonía del instrumento del anciano ni a los cantos de los pájaros: desde entonces descubrí que leía en voz alta, pero en aquel momento no sabía nada de la ciencia de las palabras o las letras.
“La familia, después de haberse ocupado de este modo por un breve tiempo, apagó sus luces y se retiró, según supuse, a descansar.”