de actuar; me hallaba encadenado otra vez al dolor y entregado a toda la miseria de la reflexión. Entonces espoleaba a mi cabalgadura, esforzándome así por olvidar el mundo, mis temores y, más que nada, a mí mismo; o, de un modo más desesperado, apeaba y me arrojaba sobre la hierba, agobiado por el horror y la desesperación.
Por fin llegué a la aldea de Chamounix. El agotamiento sucedió a la extrema fatiga, tanto física como mental, que había soportado.
Durante un breve espacio de tiempo permanecí junto a la ventana, observando los pálidos relámpagos que centelleaban sobre el Mont Blanc y escuchando el torrente del Arve, que seguía su ruidoso curso allá abajo.
Aquellos mismos sonidos soporíferos obraron como una nana para mis agudas sensaciones: cuando apoyé la cabeza en la almohada, el sueño se apoderó de mí; lo sentí llegar y bendije al dador del olvido.