Habiendo pagado sus deudas, por lo tanto, de la manera más honorable, se retiró con su hija a la ciudad de Lucerna, donde vivía desconocido y en la miseria. Mi padre amaba a Beaufort con la más sincera amistad y estaba profundamente dolido por su retirada en estas circunstancias desafortunadas. Lamentaba amargamente el falso orgullo que llevó a su amigo a una conducta tan poco digna del afecto que los unía. No perdió tiempo en intentar buscarlo, con la esperanza de persuadirlo para que empezara de nuevo en el mundo a través de su crédito y asistencia.
Beaufort había tomado medidas eficaces para ocultarse; y pasaron diez meses antes de que mi padre descubriera su paradero.
Entusiasmado ante tal hallazgo, se apresuró a ir a la casa, situada en una calle humilde, cerca del Reuss. Pero al entrar, solo la miseria y la desesperación le dieron la bienvenida.
Beaufort apenas había salvado una pequeñísima suma de dinero de los restos de su fortuna; pero era suficiente para procurarle sustento durante algunos meses, y entretanto esperaba conseguir un empleo respetuoso en la casa de un comerciante.
El intervalo transcurrió, por consiguiente, en la inacción; su dolor no hizo sino volverse más profundo y lacerante cuando dispuso de tiempo para la reflexión; y al fin se apoderó de tal modo de su espíritu que, al cabo de tres meses, yacía en un lecho de enfermedad, incapaz de cualquier esfuerzo.
Su hija lo atendía con la mayor ternura; pero ella veía con desesperación que sus escasos fondos disminuían rápidamente y que no había otra perspectiva de sustento. Pero Caroline Beaufort poseía un espíritu de una índole poco común, y su valor se levantó para sostenerla en la adversidad. Consiguió costura