quedó solo en la cabaña. Cuando sus hijos se hubieron marchado, tomó su guitarra y tocó varias melodías melancólicas pero dulces, más dulces y melancólicas de cuanto le hubiera oído tocar jamás. Al principio su rostro se iluminó de placer, pero, a medida que continuaba, la preocupación y la tristeza le sucedieron; al fin, dejando a un lado el instrumento, se quedó sentado, absorto en sus pensamientos.
Mi corazón latía deprisa; esta era la hora y el momento de la prueba, que decidiría mis esperanzas o haría realidad mis temores. Los criados habían ido a una feria vecina. Todo estaba en silencio dentro y alrededor de la cabaña: era una oportunidad excelente; sin embargo, cuando procedí a ejecutar mi plan, mis extremidades me fallaron y caí al suelo.
De nuevo me levanté; y, ejerciendo toda la firmeza de que era capaz, retiré los tablones que había colocado ante mi choza para ocultar mi retiro. El aire fresco me revivió y, con renovada determinación, me acerqué a la puerta de su cabaña.