Sin duda, en ese momento me habría subido la locura y habría destruido mi mísera existencia, de no ser porque mi juramento había sido escuchado y estaba reservado para la venganza. La risa se fue apagando; cuando una voz conocida y aborrecida, al parecer muy cerca de mi oído, se dirigió a mi con un susurro audible: «Estoy satisfecho: ¡miserable infeliz! has decidido vivir, y estoy satisfecho».
Me abalancé hacia el lugar de donde procedía el sonido; pero el demonio eludió mi alcance. De repente, el amplio disco de la luna se alzó y brilló de lleno sobre su espantosa y distorsionada figura, mientras huía con una velocidad más que mortal.
Lo perseguí; y durante muchos meses esta ha sido mi tarea.
Guiado por una ligera pista, seguí las sinuosidades del Ródano, pero en vano.
El azulado Mediterráneo apareció; y, por una extraña casualidad, vi al demonio entrar de noche y ocultarse en una embarcación con destino al mar Negro.
Tomé pasaje en el mismo barco; pero él escapó, no sé cómo.
En medio de los páramos de Tartaria y Rusia, aunque todavía me eludía, siempre he seguido su rastro. A veces los campesinos, aterrorizados por esta horrenda aparición, me informaban de su camino; a veces él mismo, temiendo que si perdía todo rastro de él, cayera en la desesperación y muriera, dejaba alguna marca para guiarme. Las nieves descendieron sobre mi cabeza y vi la huella de su enorme paso sobre la llanura blanca.