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nydus/FrankensteinPublic
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Capítulo V

que había dejado en mi apartamento aún podía estar allí, viva y rondando. Temía contemplar a aquel monstruo; pero temía aún más que Henry lo viese. Rogándole, por lo tanto, que esperara unos minutos al pie de la escalera, me lancé raudo hacia mi habitación. Mi mano ya estaba sobre la cerradura de la puerta antes de que recobrara el sentido. Entonces me detuve; y un frío escalofrío me recorrió. Abrí la puerta de un empujón violento, como suelen hacer los niños cuando esperan que un espectro aguarde por ellos al otro lado; pero no apareció nada. Entré con temor: el apartamento estaba vacío; y mi dormitorio también se había librado de su hórrido huésped. Apenas podía creer que semejante buena fortuna me hubiera acontecido; mas cuando me convencí de que mi enemigo en verdad había huido, aplaudí de alegría y corrí hacia donde estaba Clerval.

Subimos a mi habitación, y el criado trajo el desayuno poco después; pero me era imposible contenerme.

No era solo la alegría lo que me poseía; sentía la carne hormiguear con un exceso de sensibilidad y el pulso me latía con rapidez. Era incapaz de permanecer ni un solo instante en el mismo sitio; saltaba por encima de las sillas, palmeaba y reía a carcajadas.

Al principio, Clerval atribuyó mi inusual estado de ánimo a la alegría por su llegada; pero, al observarme con más atención, vio en mis ojos un desenfreno que no lograba explicarse; y mi risa estridente, desatada y desprovista de alma lo asustó y asombró.

—Mi querido Víctor —exclamó—, ¿qué le pasa a usted, por amor de Dios? No se ría de ese modo. ¡Qué enfermo está! ¿Cuál es la causa de todo esto?

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