No, no es así; tu forma, tan divinamente esculpida y radiante de belleza, se ha desvanecido, pero tu espíritu aún visita y consuela a tu infeliz amigo.
Perdonad este desahogo de dolor; estas palabras ineficaces son solo un pequeño tributo al valor sin par de Henry, pero calman mi corazón, desbordado por la angustia que su recuerdo suscita.
Proseguiré con mi relato.
Más allá de Colonia descendimos a las llanuras de Holanda; y decidimos continuar el resto del camino en posta; pues el viento era contrario y la corriente del río demasiado mansa para ayudarnos.
Nuestro viaje perdió aquí el interés derivado de los hermosos paisajes; pero en pocos días llegamos a Róterdam, desde donde continuamos por mar hacia Inglaterra.
Fue en una mañana despejada, a finales de diciembre, cuando vi por primera vez los blancos acantilados de Britania. Las orillas del Támesis ofrecían un panorama nuevo; eran planas, pero fértiles, y casi cada pueblo estaba señalado por el recuerdo de alguna historia.
Vimos el fuerte de Tilbury y recordamos la Armada Invencible; Gravesend, Woolwich y Greenwich, lugares de los que había oído hablar incluso en mi país.
Al fin vimos los numerosos campanarios de Londres, con la catedral de San Pablo elevándose sobre todos ellos, y la Torre, famosa en la historia de Inglaterra.