«¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué viví? ¿Por qué, en aquel instante, no apagué la chispa de la existencia que tan caprichosamente me habías otorgado? No lo sé; la desesperación aún no se había adueñado de mí; mis sentimientos eran de furia y venganza. Habría destruido con placer la cabaña y a sus habitantes, y me habría regodeado con sus gritos y su miseria».
“Cuando llegó la noche, abandoné mi refugio y deambulé por el bosque; y ahora, sin el freno del temor a ser descubierto, di rienda suelta a mi angustia con aullidos espantosos.
Era como una fiera que hubiera roto las redes; destruía los objetos que me estorbaban y recorrí el bosque con la rapidez de un ciervo.
¡Oh! ¡Qué noche tan miserable pasé! Las frías estrellas brillaban con burla, y los árboles desnudos agitaban sus ramas sobre mí: de vez en cuando, la dulce voz de un pájaro estallaba en medio de la quietud universal.
Todos, excepto yo, descansaban o disfrutaban; yo, como el archidemonio, llevaba un infierno dentro de mí; y, al comprobar que nadie se compadecía de mí, deseé arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y luego haberme sentado a contemplar la ruina.
“Pero este era un lujo de sensaciones que no podía durar; la fatiga me venció por el exceso de esfuerzo físico, y me desplomé sobre la hierba húmeda con la impotencia enfermiza de la desesperación. No había entre la infinidad de hombres existentes nadie que sintiera compasión por mí o me auxiliara; ¿y debía acaso sentir bondad hacia mis enemigos? No: