El ser terminó de hablar y clavó su mirada en mí a la espera de una respuesta. Pero yo estaba desconcertado, perplejo e incapaz de ordenar mis ideas lo suficiente como para comprender el alcance total de su propuesta. Él continuó—
“Debes crearme una hembra, con quien pueda vivir en el intercambio de esas simpatías necesarias para mi existencia. Esto solo tú puedes hacerlo; y te lo exijo como un derecho que no debes negarte a conceder”.
La última parte de su relato había reavivado en mí la cólera que se había apagado mientras narraba su apacible vida entre los aldeanos, y, al decir esto, ya no pude reprimir más la furia que ardía en mi interior.
—Me niego —repliqué—; y ninguna tortura arrancará jamás de ti mi consentimiento. Podrás hacerme el más desgraciado de los hombres, pero jamás harás que pierda mi propia dignidad. ¿Acaso crearé a otro como tú, cuya maldad combinada pudiera desolar el mundo? ¡Vete! Te he respondido; podrás torturarme, pero jamás consentiré.
—Te equivocas —respondió el demonio—; y, en lugar de amenazar, me contento con razonar contigo. Soy malvado porque soy desgraciado. ¿Acaso no todos los hombres me evitan y me odian? Tú, mi creador, me harías añicos y te regocijarías; recuérdalo, y dime por qué he de apiadarme del hombre más de lo que él se apiada de mí. No lo llamarías asesinato si pudieras precipitarme en una de estas grietas de hielo y destruir mi cuerpo, obra de tus propias manos. ¿Voy a respetar al hombre cuando él me desdeña?