Has leído esta extraña y tremenda historia, Margaret; ¿y no sientes que tu sangre se congela de horror, como la que aún ahora cuaja la mía? A veces, presa de una repentina agonía, no podía continuar su relato; en otras, su voz quebrada, pero penetrante, pronunciaba con dificultad las palabras tan repletas de angustia. Sus bellos y encantadores ojos se iluminaban ahora de indignación, luego se calmaban en un dolor cabizbajo y se apagaban en una infinidad de miseria. A veces dominaba su semblante y su tono, y relataba los incidentes más horribles con voz tranquila, reprimiendo cualquier muestra de agitación; entonces, como un volcán en erupción, su rostro cambiaba de repente a una expresión de la más salvaje furia, mientras profería gritos de maldición contra su perseguidor. > Su relato es coherente y está contado con una apariencia de la más simple verdad; sin embargo, te confieso que las cartas de Félix y Safie que me mostró, y la aparición del monstruo visto desde nuestro barco, me aportaron una mayor convicción de la verdad de su narración que sus aseveraciones, por muy sinceras y coherentes que fueran. ¡Un monstruo así existe entonces realmente! No puedo dudarlo; sin embargo, me hallo sumido en la sorpresa y la admiración. A veces intentaba arrancarle a Frankenstein los pormenores de la creación de su criatura; pero en este punto era impenetrable. > —¿Estás loco, amigo mío? —dijo—, ¿o hacia dónde te conduce tu insensata curiosidad? ¿Querrías también crear para ti y para el mundo un enemigo demoníaco? ¡Paz, paz! Conoce mis miserias y no busques
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Walton, en continuación
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