Las nubes ocultaban la luna, todo estaba oscuro y solo oía el sonido de la barca al abrirse paso con la quilla entre las olas; el murmullo me arrulló y, al poco tiempo, dormí profundamente.
No sé cuánto tiempo permanecí en esta situación, pero cuando desperté descubrí que el sol ya se había elevado considerablemente. El viento soplaba con fuerza y las olas amenazaban continuamente la seguridad de mi pequeño esquife. Noté que el viento era del noreste y debió de haberme alejado mucho de la costa de la que había zarparon. Me esforcé por cambiar de rumbo, pero enseguida comprendí que, si volvía a intentarlo, la barca se llenaría de agua al instante. En tal situación, mi único recurso era dejarme llevar por el viento.
Confieso que experimenté algunas sensaciones de terror. No llevaba ninguna brújula conmigo y conocía tan poco la geografía de esta parte del mundo que el sol me servía de bien poco.
Podía ser arrastrado hacia el inmenso Atlántico y experimentar todas las torturas de la inanición, o ser devorado por las aguas desmedidas que rugían y me golpeaban por doquier. Ya llevaba muchas horas fuera y sentía el tormento de una sed ardiente, preludio de mis demás sufrimientos.
Miré a los cielos, que estaban cubiertos por nubes que volaban ante el viento, solo para ser reemplazadas por otras: miré al mar, iba a ser mi tumba.
«¡Demonio —exclamé—, tu tarea ya está cumplida!».
Pensé en Elizabeth, en mi padre y en Clerval; todos dejados atrás, sobre quienes el monstruo podía satisfacer sus sanguinarias y despiadadas pasiones. Esta idea me sumió en un ensueño, tan desesperado y espantoso, que aún ahora, cuando la escena está a punto de cerrarse ante mí para siempre, me estremezco al recordarlo.