Ha ocurrido una y otra vez que he expresado un deseo decidido, y tú has parecido asentir, pero después has desobedecido en secreto mi deseo. De ese modo nunca puedo saber a qué atenerme. Habría alguna esperanza para nosotros si admitieras esto. ¿Soy acaso un bruto tan irrazonable y furioso? ¿Por qué no puedes ser franca conmigo? Aún silencio.
—¿Solo dirá que se ha equivocado y que puedo confiar en que no actuará a espaldas mías en el futuro? —dijo Lydgate con urgencia, pero con cierto tono de súplica que Rosamond percibió rápidamente. Ella habló con frialdad.
—No puedo de ningún modo hacer admisiones o promesas en respuesta a palabras como las que usted ha empleado conmigo. No estoy acostumbrada a un lenguaje de esa clase. Ha hablado usted de mis «secretas intromisiones», de mi «ignorancia entrometida» y de mi «falso asentimiento». Yo nunca me he expresado de ese modo con usted, y creo que debería disculparse. Habló de que era imposible vivir conmigo. Ciertamente, usted no me ha hecho la vida agradable últimamente. Creo que era de esperar que yo tratara de evitar algunas de las penalidades que nuestro matrimonio me ha traído.
Otra lágrima cayó cuando Rosamond dejó de hablar, y se la secó con tanta suavidad como la primera.
Lydgate se dejó caer en un sillón, sintiéndose jaqueado. ¿Qué lugar había en su mente para que se alojara una amonestación? Dejó el sombrero, echó un brazo sobre el respaldo del sillón y miró hacia abajo unos instantes sin hablar. Rosamond tenía sobre él la doble ventaja de ser insensible al punto de justicia en su reproche y de ser sensible a las innegables penurias presentes ahora en su vida conyugal.