Si esto es hipocresía, se trata de un proceso que se manifiesta ocasionalmente en todos nosotros, pertenezcamos a la confesión que pertenezcamos, y tanto si creemos en la futura perfección de nuestra raza como en la fecha más próxima fijada para el fin del mundo; tanto si consideramos la tierra como un nido putrefacto destinado a un remanente salvado, incluyéndonos a nosotros mismos, como si abrigamos una fe apasionada en la solidaridad de la humanidad.
El servicio que podía prestar a la causa de la religión había sido durante toda su vida la razón que aducía ante sí mismo para justificar su elección de conducta: había sido el motivo que derramaba en sus oraciones.
¿Quién emplearía el dinero y la posición mejor de lo que él pensaba emplearlos? ¿Quién podía aventajarle en el aborrecimiento de sí mismo y en la exaltación de la causa de Dios?
Y para el señor Bulstrode la causa de Dios era algo distinto de su propia rectitud de conducta: exigía distinguir a los enemigos de Dios, a los que había que utilizar meramente como instrumentos, y a quienes, de ser posible, convenía mantener alejados del dinero y de la consiguiente influencia.
Asimismo, las inversiones lucrativas en negocios donde el poder del príncipe de este mundo desplegaba sus ardides más activos quedaban santificadas por la recta aplicación de los beneficios en manos del siervo de Dios.
Este razonamiento implícito no es, en esencia, más peculiar de la creencia evangélica que el uso de expresiones amplias para motivos mezquinos es peculiar de los ingleses.
No hay doctrina general que no sea capaz de corroer nuestra moral si no se ve frenada por el hábito arraigado de la empatía directa hacia los prójimos en tanto que individuos.