señor Garth le ofrecía y devolvérselas, lo cual podía hacer fácilmente renunciando a todo gasto inútil en dinero, puesto que tenía un excedente de ropa y ningún gasto en su manutención. De ese modo podría, en el plazo de un año, avanzar bastante en la devolución de las noventa libras de que había privado a la señora Garth, desafortunadamente en una época en la que ella necesitaba esa suma más que ahora. No obstante, hay que reconocer que en esta noche, que era la quinta de sus recientes visitas a la sala de billar, Fred llevaba, no en el bolsillo, sino en la mente, las diez libras que pensaba reservarse para sí de su sueldo semestral (teniendo ante sí el placer de llevar treinta a la señora Garth cuando Mary probablemente ya hubiera regresado a casa); llevaba esas diez libras en la mente como un fondo con el que podía arriesgar algo, si se presentaba la ocasión de una buena apuesta. ¿Por qué? Bueno, cuando las monedas de oro volaban por ahí, ¿por qué no iba a atrapar unas cuantas? Jamás volvería a adentrarse por ese camino; pero a uno le gusta demostrarse a sí mismo, y a los hombres dados al placer en general, lo que sería capaz de hacer en materia de travesuras si se lo propusiera, y que si se abstiene de enfermarse, de arruinarse o de hablar con la mayor desvergüenza que los estrechos límites de la capacidad humana permiten, no es porque sea un pazguato. Fred no formulaba razones formales, que son un modo muy artificial e inexacto de representar el hormigueo persistente de los viejos hábitos y los caprichos de la sangre joven; pero albergaba en su interior un sentido profético esa noche: el de que, cuando empezara a jugar, también empezaría a apostar; el de que disfrutaría de unos ponches y, en general, se prepararía para sentirse «bastante mal» a la mañana siguiente. Es en movimientos tan indefinidos donde a menudo comienza la
Pero lo último que cabía esperar en la mente de Fred era ver a su cuñado Lydgate —de quien nunca se había despojado del todo de la vieja