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nydus/MiddlemarchPublic
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LXXVIII

Rosamond dijo que se había sentido repentinamente enferma y desmayada, y que quería que la ayudaran a subir. Una vez allí, se arrojó sobre la cama con la ropa puesta y permaneció en un aparente sopor, como ya lo había hecho una vez antes en un día memorable de dolor.

Lydgate volvió a casa más temprano de lo que esperaba, sobre las cinco y media, y la encontró allí. La percepción de que estaba enferma relegó a un segundo plano cualquier otro pensamiento.

Cuando le sintió el pulso, los ojos de ella se posaron en él con más persistencia de lo que lo habían hecho en mucho tiempo, como si sintiera cierta satisfacción de que él estuviera allí. Él advirtió la diferencia en un instante y, sentándose a su lado, le pasó el brazo con suavidad por debajo y, doblándose sobre ella, le dijo: «¡Mi pobre Rosamond! ¿Te ha alterado algo?».

Aferrándose a él, ella rompió en sollozos y llantos histéricos, y durante la hora siguiente él no hizo otra cosa que calmarla y atenderla. Él imaginó que Dorothea había ido a verla, y que todo aquel efecto en su sistema nervioso, que evidentemente implicaba un nuevo acercamiento hacia él, se debía a la agitación de las nuevas impresiones que dicha visita había suscitado.

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