En un instante Will estuvo cerca de ella y la rodeó con los brazos, pero ella echó la cabeza hacia atrás y apartó con suavidad el rostro de él para poder seguir hablando, con los grandes ojos llenos de lágrimas mirándole con gran sencillez, mientras decía con un tono sollozante e infantil: «Podríamos vivir muy bien con mi propia fortuna —es demasiado—, setecientos al año—, necesito tan poco—, nada de ropa nueva—, y aprenderé cuánto cuesta todo».
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LXXXIII
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