Cuando se había separado de ella antes, ignoraba los hechos que daban un nuevo aspecto a la relación entre ambos y provocaban una separación más absoluta de la que entonces creía. No sabía nada de la fortuna privada de Dorothea y, como estaba poco acostumbrado a reflexionar sobre tales asuntos, dio por sentado que, según la disposición del señor Casaubon, casarse con él, Will Ladislaw, significaría que ella consentía en quedarse sin un céntimo. Eso no era lo que él podía desear ni siquiera en lo más hondo de su corazón, ni aun si ella hubiera estado dispuesta a afrontar un contraste tan duro por su bien. Y luego estaba también el dolor reciente de aquella revelación sobre la familia de su madre que, de ser conocida, constituiría un motivo más para que los amigos de Dorothea lo menospreciaran por considerarlo muy inferior a ella. La esperanza secreta de que al cabo de unos años pudiera regresar con la sensación de que al menos tenía un valor personal equivalente a la riqueza de ella, parecía ahora la continuación fantasiosa de un sueño. Este cambio sin duda lo justificaba para pedir a Dorothea que lo recibiera una vez más.
Pero Dorothea no estaba en casa esa mañana para recibir la nota de Will. A consecuencia de una carta de su tío en la que le anunciaba su intención de estar de regreso en una semana, había conducido primero a Freshitt para llevarle la noticia, con la intención de seguir luego hasta la Grange para transmitir unas órdenes que su tío le había confiado —pensando, según él decía, que «un poco de ocupación mental de esta clase es buena para una viuda»—.
Si Will Ladislaw hubiera podido escuchar algo de la conversación en Freshitt aquella mañana, habría visto confirmadas todas sus suposiciones sobre la disposición de cierta gente a mofarse de su permanencia en el vecindario.