—Las inconsistencias —respondió Imlac—, no pueden ser ambas ciertas, pero si se atribuyen al hombre, ambas pueden ser verdaderas.
La misma noche, cuando el señor Bulstrode regresó de un viaje de negocios a Brassing, su buena esposa salió a recibirlo al vestíbulo y lo llevó a su salita privada.
—Nicholas —dijo, clavando en él sus francos ojos con ansiedad—, ha venido por ti un hombre muy desagradable; me ha dejado bastante intranquila.
—¿Qué clase de hombre, querida mía? —dijo el señor Bulstrode, terriblemente seguro de la respuesta.
“Un hombre de cara roja y grandes patillas, y de lo más impertinente en sus maneras. Afirmó que era un viejo amigo tuyo y dijo que te pesaría no verle. Quería esperarte aquí, pero le dije que podía verte en el Banco mañana por la mañana. ¡De lo más impertinente que era! Me miró fijamente y dijo que su amigo Nick tenía suerte con las mujeres. No creo que se hubiera marchado de no ser porque a Blucher le dio por romper su cadena y vino corriendo por la gravilla —pues yo estaba en el jardín—, así que le dije: «Más te vale marcharte; el perro es muy bravo y no puedo sujetarlo». ¿De verdad sabes algo de un hombre así?”.
—Creo saber quién es, querida mía —dijo el señor Bulstrode, con su habitual voz apagada—, un desgraciado y libertino infeliz, a quien ayudé demasiado en días pasados. Sin embargo, supongo que no volverá a molestarte. Probablemente vendrá al Banco... a mendigar, sin duda.
No se volvió a hablar del asunto hasta el día siguiente, cuando el señor Bulstrode hubo regresado del pueblo y se estaba vistiendo para cenar. Su