oídos de otras personas además de la del señor Hawley, las cuales no tardaron en ver una relación significativa entre esta repentina disposición de dinero y el deseo de Bulstrode de sofocar el escándalo de Raffles. Que el dinero procedía de Bulstrode se habría adivinado indefectiblemente aun de no haber existido pruebas directas de ello; pues en los corrillos sobre los asuntos de Lydgate ya se había comentado de antemano que ni su suegro ni su propia familia harían nada por él, y las pruebas directas las proporcionó no solo un dependiente del Banco, sino la inocente señora Bulstrode en persona, quien mencionó el préstamo a la señora Plymdale, la cual se lo mencionó a su nuera de la casa de los Toller, quien lo mencionó a diestra y siniestra. El asunto se consideró de tanta notoriedad e importancia que exigía cenas para alimentarlo, y por entonces se cursaron y aceptaron muchas invitaciones basándose en este escándalo sobre Bulstrode y Lydgate; las esposas, viudas y solteras cogieron sus labores y salieron a tomar el té más a menudo que de costumbre; y toda la algarabía pública, desde el Green Dragon hasta el mesón de Dollop, adquirió un aliciente que no se habría podido arrancar a la cuestión de si los Lores rechazarían o no el proyecto de ley de reforma.
Pues casi nadie dudaba de que alguna razón escandalosa u otra estuviera en el fondo de la generosidad de Bulstrode hacia Lydgate. El señor Hawley, en efecto, invitó en un principio a un grupo selecto, que incluía a los dos médicos, junto con el señor Toller y el señor Wrench, expresamente para mantener una discusión minuciosa sobre las probabilidades de la enfermedad de Raffles, recitándoles todos los pormenores que se habían obtenido de la señora Abel en relación con el certificado de Lydgate, según el cual la muerte se debía al delirium tremens; y los señores médicos, que se mantenían todos firmemente en los viejos métodos con respecto a esta enfermedad, declararon que no veían