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nydus/MiddlemarchPublic
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LXI

Al poco tiempo llegó una clara directriz externa: un socio subordinado y de confianza murió, y al director no le pareció nadie tan idóneo para ocupar la vacante, tan profundamente sentida, como su joven amigo Bulstrode, a condición de que este aceptara ser el contable de confianza.

La oferta fue aceptada. El negocio era una casa de empeños de la especie más magnífica, tanto por su volumen como por sus beneficios; y, tras un breve conocimiento del mismo, Bulstrode advirtió que una de las fuentes de tan magníficos beneficios era la fácil aceptación de cualquier mercancía que se ofreciera, sin indagación estricta sobre su procedencia. Pero existía una sucursal en el West End, sin insignificancias ni sordidez que sugirieran motivos de vergüenza.

Recordaba sus primeros momentos de encogimiento. Eran íntimos y estaban llenos de discusiones; algunas de las cuales tomaban la forma de oración.

El negocio estaba establecido y tenía viejas raíces; ¿no es una cosa montar un nuevo palacio de ginebra y otra aceptar una inversión en uno antiguo? Los beneficios obtenidos a partir de almas perdidas... ¿dónde puede trazarse la línea en la que empiezan en las transacciones humanas? ¿No era acaso la manera que tenía Dios de salvar a Sus elegidos?

«Tú sabes»⁠—había dicho el joven Bulstrode entonces, como el Bulstrode mayor lo decía ahora⁠—«Tú sabes cuán despegada está mi alma de estas cosas⁠—cómo las veo todas como aperos para labrar Tu jardín rescatado aquí y allá del desierto».

No faltaban metáforas ni precedentes; no faltaban experiencias espirituales singulares que al fin hicieron que la retención de su puesto pareciera un servicio que se le exigía: la perspectiva de una fortuna ya se había abierto ante él, y los recelos de Bulstrode permanecieron en privado.

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