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nydus/MiddlemarchPublic
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LXI

un cauce para la propiedad —tal vez uno amplio— en la provisión para varios nietos. Debían hacerse gestiones para encontrarla antes de que la señora Dunkirk volviera a casarse. Bulstrode estuvo de acuerdo; pero tras haberse intentado la publicidad en la prensa y otros modos de indagación, la madre creyó que su hija no podía ser hallada y consintió en casarse sin reserva de bienes.

Habían encontrado a la hija; pero solo un hombre además de Bulstrode lo sabía, y a él se le pagaba para que guardara silencio y se marchara lejos.

Ese era el hecho desnudo que Bulstrode se veía ahora obligado a ver con el rígido contorno con que los actos se presentan a los espectadores. Pero para él en aquel tiempo lejano, y aun ahora en su ardiente memoria, el hecho se fragmentaba en pequeñas secuencias, cada una justificada al llegar por razonamientos que parecían probar que era justa. La conducta de Bulstrode hasta entonces había estado, según él creía, sancionada por notables providencias, que parecían señalarle el camino para ser el instrumento que hiciera el mejor uso de una gran propiedad y la apartara de la perversión. Habían llegado la muerte y otras disposiciones sorprendentes, como la confianza femenina; y Bulstrode habría adoptado las palabras de Cromwell: «¿Llamáis a estos hechos desnutos? ¡Dios os compadezca!». Los acontecimientos eran comparativamente pequeños, pero la condición esencial estaba allí, a saber, que favorecían sus propios fines. Le era fácil decidir lo que debía a los demás averiguando cuáles eran los intenciones de Dios respecto a él. ¿Podía ser para el servicio de Dios que esta fortuna fuera en una proporción considerable a una joven y a su marido entregados a las ocupaciones más frívolas, que tal vez la disiparan en trivialidades, personas que parecían quedar fuera del camino de las providencias notables? Bulstrode nunca se había dicho de antemano: «No se encontrará a la hija»; sin embargo, cuando llegó el momento, mantuvo oculta su existencia; y cuando siguieron otros momentos, consoló a la madre con el alivio de que cabía la probabilidad de que la infeliz joven ya no existiera.

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