“¡Oh, no! Soy fuerte: necesito el paseo —dijo Dorothea, levantándose con animación en el rostro—. La señora Lydgate y yo hemos charlado muchísimo, y ya es hora de que me vaya. Siempre se me ha acusado de ser desmedida y de hablar demasiado”.
Le tendió la mano a Rosamond, y se despidieron con un apretón sincero y tranquilo, sin besos ni ninguna otra muestra de efusión: había habido entre ellas demasiada emoción profunda como para recurrir a manifestaciones superficiales de la misma.
Mientras Lydgate la llevaba hacia la puerta, ella no dijo nada de Rosamond, sino que le habló del señor Farebrother y de los otros amigos que habían escuchado con creencia su historia.
Cuando volvió con Rosamond, ella ya se había echado en el sofá, con una fatiga resignada.
—Bueno, Rosy —dijo, inclinándose sobre ella y tocándole el cabello—, ¿qué opinas de la señora Casaubon ahora que la conoces tanto?
—Creo que debe de ser mejor que nadie —dijo Rosamond—, y es muy hermosa. Si vas a hablar con ella tan a menudo, ¡estarás más descontento conmigo que nunca!
Lydgate se rio del «tan a menudo».
—¿Pero es que ella te ha hecho sentir menos descontento conmigo?
—Creo que sí —dijo Rosamond, mirándole a la cara—. Qué cansados tienes los ojos, Tertius; y apártate el pelo de la frente, por favor.