condado, y publicó una obra sobre el Cultivo de cosechas forrajeras y la economía de la alimentación del ganado, que le valió calurosas felicitaciones en las reuniones agrícolas. En Middlemarch la admiración fue más reservada: la mayoría de la gente allí se inclinaba a creer que el mérito de la autoría de Fred se debía a su esposa, ya que nunca habían esperado que Fred Vincy escribiera sobre nabos y remolachas forrajeras.
Pero cuando Mary escribió un librito para sus chicos, titulado Historias de grandes hombres, extraídas de Plutarco, y logró que lo imprimiera y publicara la editorial Gripp & Co., de Middlemarch, todo el mundo en la ciudad estuvo dispuesto a atribuirle el mérito de esta obra a Fred, comentando que él había estado en la universidad, «donde se estudiaba a los antiguos», y que habría podido ser clérigo si se lo hubiese propuesto.
De este modo quedó claro que Middlemarch nunca se había dejado engañar, y que no había necesidad de alabar a nadie por escribir un libro, ya que eso siempre lo hacía otra persona.
Además, Fred se mantuvo firmemente constante. Algunos años después de su matrimonio le confesó a Mary que su felicidad se la debía en parte a Farebrother, quien le había dado un buen empujón en el momento oportuno. No puedo afirmar que jamás volviera a dejarse engañar por su optimismo: el rendimiento de las cosechas o los beneficios de la venta de ganado solían quedar por debajo de sus cálculos; y siempre era propenso a creer que podía ganar dinero comprando un caballo que luego le salía malo—aunque esto, observaba Mary, era por supuesto culpa del caballo, no del juicio de Fred. Conservaba su afición por la equitación, pero rara vez se permitía un día de caza; y cuando lo hacía, llamaba la atención que aceptara que se