Ojalá fuera ayer y yo en la tumba, Con su dulce fe arriba por monumento.
Rosamond y Will se quedaron inmóviles —no sabían cuánto tiempo—, él mirando hacia el lugar donde había estado Dorothea, y ella mirándole a él con duda. Le pareció un tiempo interminable a Rosamond, en cuyo íntimo ser apenas había tanta molestia como gratificación por lo que acababa de suceder. Las naturalezas superficiales sueñan con un fácil dominio sobre las emociones ajenas, confiando ciegamente en su propia magia mezquina para desviar las corrientes más profundas, y seguras, mediante bonitos gestos y comentarios, de hacer que lo que no es sea como si fuera. Sabía que Will había recibido un duro golpe, pero estaba poco acostumbrada a imaginar los estados de mente de los demás, excepto como un material tallado a la medida de sus propios deseos; y creía en su propio poder para calmar o someter. Incluso Tertius, el más perverso de los hombres, terminaba siempre por ser sometido: los acontecimientos habían sido tercos, pero aun así Rosamond habría dicho ahora, como lo hizo antes de su matrimonio, que nunca renunciaba a aquello que se le ponía entre ceja y ceja.
Estiró el brazo y apoyó la punta de los dedos en la manga del abrigo de Will.
—¡No me toques! —dijo, con una voz como el latigazo de un fuste, apartándose de un salto y pasando del rosa al blanco y viceversa, como si todo su cuerpo hormigueara con el dolor de la picadura.
Dio media vuelta hacia el otro lado de la habitación y se quedó de pie frente a ella, con las yemas de los dedos en los bolsillos y la cabeza hacia atrás, mirando fijamente, no a Rosamond, sino a un punto situado a unas pocas pulgadas de ella.