“¿Que si me gusta?”, exclamó Lydgate levantándose de la silla, metiéndose las manos en los bolsillos y alejándose a zancadas de la chimenea; “no es cuestión de gustos. Desde luego que no me gusta; es lo único que puedo hacer”. Dio media vuelta allí y se volvió hacia ella.
—Se me habrían ocurrido muchos otros medios antes que ese —dijo Rosamond—. Hagamos una almoneda y vámonos de Middlemarch para siempre.
—¿Para hacer qué? ¿De qué sirve que deje mi trabajo en Middlemarch para ir a donde no tengo ninguno? Estaríamos igual de sin blanca en otra parte que aquí —dijo Lydgate aún más enfadado.
—Si hemos de encontrarnos en esa situación, será enteramente por culpa tuya, Tertius —dijo Rosamond, dándose la vuelta para hablar con la más absoluta convicción—.
No te comportas como debieras con tu propia familia. Ofendiste al capitán Lydgate. Sir Godwin fue muy amable conmigo cuando estuvimos en Quallingham, y estoy segura de que, si le mostraras la consideración debida y le hablaras de tus asuntos, haría cualquier cosa por ti. Pero, antes que eso, prefieres ceder nuestra casa y nuestros muebles al señor Ned Plymdale.
Había algo parecido a la fiereza en los ojos de Lydgate, cuando respondió con nueva violencia: —Bien, entonces, ya que así lo quieres, sí que me gusta. Admito que me gusta más que hacer el tonto yendo a mendigar donde no sirve de nada. Entiende, pues, que es lo que me gusta hacer.
Había en la última frase un tono que equivalía al apretón de su fuerte mano en el delicado brazo de Rosamond. A pesar de todo, la voluntad de él no era ni un ápice más fuerte que la de ella. Inmediatamente salió de la