Empezó ahora a revivir aquella mañana de ayer deliberadamente otra vez, obligándose a detenerse en cada detalle y en su posible significado.
¿Estaba sola en aquella escena? ¿Era un suceso exclusivo suyo?
Se obligó a pensarlo como algo ligado a la vida de otra mujer: una mujer hacia la cual había partido con el anhelo de llevar algo de claridad y consuelo a su juventud ensombrecida. En su primer arrebato de indignación y repugnancia celosas, al abandonar la odiosa habitación, había arrojado lejos toda la compasión con la que había emprendido aquella visita. Había envuelto tanto a Will como a Rosamond en su desprecio ardiente, y le parecía como si Rosamond se hubiera borrado de su vista para siempre.
Pero aquel vil impulso que vuelve a una mujer más cruel con una rival que con un amante infiel, no podía tener fuerza de reaparición en Dorothea una vez que el espíritu dominante de la justicia en su interior hubo vencido el tumulto y le hubo mostrado la medida más verdadera de las cosas.
Todo el pensamiento activo con el que antes se había estado representando las pruebas de la suerte de Lydgate, y esta joven unión matrimonial que, al igual que la suya, parecía tener tanto problemas ocultos como evidentes —toda esta vívida experiencia solidaria volvió a ella ahora como una fuerza: se impuso tal como se impone el conocimiento adquirido y no nos deja ver como veíamos en el día de nuestra ignorancia.
Se dijo a su propio dolor irremediable que este debía hacerla más servicial, en lugar de apartarla del esfuerzo.
¿Y qué clase de crisis no habría de ser esta en tres vidas cuyo contacto con la suya le imponía una obligación como si hubieran sido suplicantes portadores de la rama sagrada? Los objetos de su rescate no debían ser