descubro que hay una mancha que no puedo evitar. Mi madre lo sintió, y trató de mantenerse tan al margen como pudo, y yo haré lo mismo. Se quedará usted con su dinero mal ganado. Si tuviera una fortuna propia, se la pagaría de buen grado a cualquiera que pudiera refutar lo que me ha dicho. Lo que tengo que agradecerle es que haya guardado el dinero hasta ahora, cuando puedo rechazarlo. Debería depender del hombre mismo ser un caballero. Buenas noches, señor.
Bulstrode iba a hablar, pero Will, con decidida presteza, salió de la habitación en un instante, y al instante siguiente la puerta del vestíbulo se había cerrado tras él. Estaba demasiado dominado por una apasionada rebeldía contra esta mancha heredada que le acababan de revelar como para pararse a reflexionar en ese momento si no había sido demasiado duro con Bulstrode, demasiado arrogantemente despiadado con un hombre de sesenta años que estaba haciendo esfuerzos por enmendarse cuando el tiempo ya los había vuelto vanos.
Ningún tercero que escuchara habría podido comprender a fondo la impetuosidad del rechazo de Will ni la amargura de sus palabras.
Nadie más que él sabía entonces hasta qué punto todo lo relacionado con el sentimiento de su propia dignidad repercutía de inmediato en su relación con Dorothea y en el trato que le daba el señor Casaubon.
Y en la avalancha de impulsos con los que rechazó aquella oferta de Bulstrode se mezclaba la certeza de que le habría sido imposible llegar a decirle jamás a Dorothea que la había aceptado.
En cuanto a Bulstrode, cuando Will se hubo ido, sufrió una reacción violenta y lloró como una mujer. Era la primera vez que se encontraba con una expresión abierta de desprecio por parte de un hombre de categoría superior a Raffles; y con aquel desprecio corriendo como un veneno por su organismo, no le quedaba sensibilidad para los consuelos. Pero hubo de contener el alivio del llanto. Su esposa y sus hijas no