La viejecita, cuyo bonete apenas llegaba al hombro de Dorothea, fue recibida calurosamente, pero mientras le apretaban la mano emitía muchos de sus sonidos parecidos a los de un castor, como si tuviera algo difícil que decir.
—Siéntese, por favor —dijo Dorothea, acercando una silla—. ¿Se me necesita para algo? Me alegrará muchísimo poder ayudar en algo.
“No me quedaré —dijo la señorita Noble, metiendo la mano en su cestillo y aferrando nerviosamente algún objeto que guardaba dentro—; he dejado a una amiga en el atrio”.
Se desvaneció en sus sonidos inarticulados y sacó inconscientemente el objeto que estaba manoseando. Era la pastillera de carey, y Dorothea sintió que el rubor le subía a las mejillas.
—El señor Ladislaw —continuó la tímida mujercita—, teme haberla ofendido y me ha rogado que le pregunte si querrá recibirlo por unos minutos.
Dorothea no contestó al instante: se le cruzaba por la mente que no podía recibirlo en esta biblioteca, donde parecía persistir la prohibición de su esposo. Miró hacia la ventana. ¿Podía salir a su encuentro en los jardines? El cielo estaba pesado y los árboles habían empezado a temblar como ante una tormenta inminente. Además, le repugnaba la idea de salir a su encuentro.
—Hágalo por él, señora Casaubon —dijo la señorita Noble, con patetismo—; de lo contrario, tendré que volver y decir que no, y eso le va a doler.
—Sí, lo veré —dijo Dorothea—. Por favor, dígale que entre.
¿Qué otra cosa quedaba por hacer? No había nada que anhelara en ese momento excepto ver a Will: la posibilidad de verlo se había interpuesto