y de buen color, tal como da gusto ver, y la mejor compañía... aunque muerto y enterrado yace en el camposanto de Lowick, eso seguro; y, por lo que tengo entendido, hay quienes saben más de lo que debieran saber acerca de cómo llegó allí.
“¡Eso sí que se lo creo!”, dijo la señora Dollop, con un dejo de desdén ante la aparente cortas de entendederas del señor Crabbe.
“Cuando a un hombre lo han enredado para llevarlo a una casa solitaria, y los que pueden pagar hospitales y enfermeras para medio condado deciden velarlo día y noche, y no se acerca nadie salvo un médico que se sabe que no le hace ascos a nada, y más pobre que las ratas, y después de eso anda con tanto dinero en efectivo que puede saldarle la cuenta al señor Byles, el carnicero, que venía arrastrando por lo mejor de las carnes desde el San Miguel de hace un año y pico, no necesito que venga nadie a decirme que ahí ha estado pasando algo para lo que el misal no tenga un responso; no necesito quedarme parpadeando, bizqueando y cavilando”.
Mrs. Dollop miró a su alrededor con el aire de una patrona acostumbrada a dominar a su clientela.
Hubo un coro de adhesión por parte de los más valientes; pero el señor Limp, tras dar un trago, juntó sus manos planas y las apretó con fuerza entre las rodillas, mirándolas fijamente con una contemplación legañosa, como si el poder abrasador del discurso de la señora Dollop hubiera secado y anulado por completo su ingenio hasta que este pudiera recuperarse mediante una mayor dosis de humedad.
—¿Por qué no han de desenterrar al hombre y traer al forense? —dijo el tintorero—. Se ha hecho infinidad de veces. Si ha habido juego sucio, podrían descubrirlo.