pudiera sentir ahora.
Permanecieron en silencio, sin mirarse el uno al otro, sino contemplando los perennifolios que se mecían violentamente, mostrando el envés pálido de sus hojas contra el cielo que se oscurecía.
Will nunca había disfrutado tanto ante la perspectiva de una tormenta: lo libraba de la necesidad de marcharse. Hojas y ramitas volaban por los aires, y el trueno se iba acercando.
La luz era cada vez más sombría, pero sobrevino un relámpago que los hizo dar un salto y mirarse, y luego sonreír. Dorothea comenzó a decir lo que había estado pensando.
«Fue una equivocación por tu parte decir eso, que no te habría quedado nada por lo que luchar. Si hubiéramos perdido nuestro propio bien supremo, el bien de los demás seguiría existiendo, y por eso vale la pena luchar. Algunos pueden ser felices. Me pareció ver eso con más claridad que nunca, cuando más desgraciada era. Apenas alcanzo a comprender cómo habría podido soportar la pena, si ese sentimiento no hubiera acudido a mí para darme fuerzas».