Though it be songe of old and yonge, That I sholde be to blame, Theyrs be the charge, that spoke so large In hurtynge of my name.
Era justo después de que la Cámara de los Lores rechazara el proyecto de ley de reforma: eso explica que el señor Cadwallader estuviera paseando por la pendiente del césped, cerca del gran invernadero de Freshitt Hall, con el Times sujeto a la espalda con ambas manos mientras hablaba con la imparcialidad de un pescador de truchas sobre las perspectivas del país con sir James Chettam.
La señora Cadwallader, la señora condesa viuda de Chettam y Celia estaban a veces sentadas en sillas de jardín, a veces caminando al encuentro del pequeño Arthur, a quien traían en su carroza y que, como correspondía al Buda infantil, se encontraba resguardado por su sagrado paraguas de hermosos flecos de seda.
Las señoras también hablaban de política, aunque de forma más discontinua. La señora Cadwallader insistía mucho en la proyectada creación de pares: sabía de buena tinta por boca de su primo que Truberry se había pasado al otro bando enteramente por instigación de su esposa, la cual había olfateado títulos nobiliarios en el aire desde la primera introducción de la cuestión de la Reforma, y vendería su alma al diablo con tal de tener precedencia sobre su hermana menor, que se había casado con un baronet. Lady Chettam opinaba que tal conducta era muy censurable, y recordaba que la madre de la señora Truberry era una señorita Walsingham de Melspring.