señora Hackbutt, al otro lado del cementerio. La señora Hackbutt la vio venir desde una ventana del piso superior y, recordando su anterior temor de encontrarse con la señora Bulstrode, se sintió casi obligada por coherencia a mandar decir que no estaba en casa; pero, en contra de eso, sintió dentro de sí un repentino y fuerte deseo por la emoción de una entrevista en la que estaba firmemente decidida a no hacer la más mínima alusión a lo que tenía en la cabeza.
Por consiguiente, la señora Bulstrode fue conducida al salón, y la señora Hackbutt acudió a su encuentro con mayor hermetismo en los labios y frote de manos del que solía manifestársele, siendo estas precauciones adoptadas en contra de la libertad de expresión. Estaba resuelta a no preguntar cómo se encontraba el señor Bulstrode.
—No he ido a ninguna parte excepto a la iglesia en casi una semana —dijo la señora Bulstrode, tras unos comentarios introductorios—. Pero el señor Bulstrode se sintió tan mal en la reunión del jueves que no he querido salir de casa.