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nydus/MiddlemarchPublic
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LXII

Los tres caminaban lentamente por el sendero de grava y sir James, desviándose para dar un latigazo a un arbusto, dijo que había oído algo al respecto.

—¡Todo mentira! —dijo la señora Cadwallader—. Aparentemente no se ha ido ni se va; el Pioneer conserva su color, y el señor Orlando Ladislaw está armando un escándalo triste y de color azul oscuro al gorjear continuamente con la esposa de ese señor Lydgate de ustedes, que según dicen es más bonita que un aguinaldo. Parece que nadie entra jamás en la casa sin encontrarse a este joven tendido en la alfombra o gorjeando al piano. Pero la gente de las ciudades manufactureras siempre es de mala reputación.

—Comenzó diciendo que un informe era falso, señora Cadwallader, y creo que este también lo es —dijo Dorothea, con indignada energía—; al menos, estoy segura de que es una tergiversación. No voy a consentir que se hable mal del señor Ladislaw; ya ha sufrido demasiadas injusticias.

Dorothea, cuando se encontraba profundamente conmovida, se preocupaba poco de lo que los demás pensaran de sus sentimientos; e incluso de haber podido reflexionar, habría considerado mezquino guardar silencio ante palabras injuriosas sobre Will por miedo a ser malinterpretada. Su rostro estaba enrojecido y le temblaban los labios.

Sir James, al mirarla, se arrepintió de su estratagema; pero la señora Cadwallader, a la altura de cualquier circunstancia, abrió las palmas de las manos hacia fuera y dijo⁠—: ¡Dios lo quiera, querida!⁠—quiero decir que todos los malos cuentos sobre cualquiera puedan ser falsos. Pero es una pena que el joven Lydgate se haya casado con una de estas chicas de Middlemarch. Teniendo en cuenta que es hijo de alguien, podría haber conseguido una mujer con buena sangre en las venas, y no demasiado joven, que hubiera tolerado su profesión. Ahí está Clara Harfager, por ejemplo, cuyos amigos no saben qué hacer con ella; y tiene dote.

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