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nydus/MiddlemarchPublic
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LXI

—Aquella madre se convirtió en mi esposa —dijo Bulstrode, y luego hizo una pausa un momento antes de añadir—: usted tiene un derecho sobre mí, señor Ladislaw: como dije antes, no un derecho legal, sino uno que mi conciencia reconoce. Fui enriquecido por ese matrimonio, un resultado que probablemente no habría tenido lugar —ciertamente no en la misma medida— si su abuela hubiera podido encontrar a su hija. ¡Esa hija, según entiendo, ya no vive!

—No —dijo Will, sintiendo que la sospecha y la repugnancia crecían con tanta fuerza en su interior que, sin saber muy bien lo que hacía, levantó el sombrero del suelo y se puso de pie. Su impulso interior era rechazar el parentesco revelado.

—Le ruego que tome asiento, Mr. Ladislaw —dijo Bulstrode, con ansiedad—. Sin duda está usted sorpendido por lo repentino de este descubrimiento. Pero le suplico paciencia con alguien que ya está abrumado por una prueba interior.

Will volvió a sentarse, sintiendo cierta compasión, que era mitad desprecio, por aquella voluntaria auto-humillación de un hombre anciano.

“Es mi deseo, señor Ladislaw, enmendar la privación que sufrió su madre. Sé que carece de fortuna, y deseo proveerle adecuadamente de un fondo que probablemente ya le pertenecería si su abuela hubiera tenido la certeza de la existencia de su madre y la hubiera podido encontrar”.

Mr. Bulstrode se detuvo. Sentía que estaba realizando un acto de llamativo escrúpulo ante el juicio de su oyente, y un acto penitencial a los ojos de Dios. No tenía la menor idea del estado mental de Will Ladislaw, irritado como estaba por las claras insinuaciones de Raffles, y con su natural agudeza para las deducciones estimulada por la expectativa de descubrimientos que habría preferido conjurar de vuelta a la oscuridad. Will no respondió durante varios momentos, hasta que Mr. Bulstrode,

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