Bulstrode solo era más consciente de que había un depósito de desasosegada corazonada en la mente de su esposa, porque ella evitaba cuidadosamente cualquier alusión al mismo. Estaba acostumbrado todos los días a saborear la supremacía y el tributo de la más completa deferencia: y la certeza de que era observado o medido con la sospecha oculta de que albergaba algún secreto vergonzoso, hacía que su voz tambaleara cuando hablaba con edificación. Prever, para los hombres del temperamento ansioso de Bulstrode, es a menudo peor que ver; y su imaginación acrecentaba continuamente la angustia de una inminente desgracia. Sí, inminente; pues si su desafío a Raffles no lograba alejar a aquel hombre —y aunque rezaba por este resultado apenas lo esperaba—, la desgracia era segura. En vano se decía a sí mismo que, si se le permitía, aquello sería una visitación divina, un castigo, una preparación; se apartaba con recelo del fuego imaginado; y juzgaba que debía ser más para la gloria divina que él lograra escapar del deshonor. Ese recelo le había empujado por fin a hacer preparativos para abandonar Middlemarch. Si se debía informar de una verdad malvada sobre él, se hallaría entonces a una distancia menos abrasadora del desprecio de sus antiguos vecinos; y en un nuevo escenario, donde su vida no hubiera acumulado la misma amplia sensibilidad, el tormentor, si lo perseguía, sería menos temible. Dejar el lugar definitivamente sería, lo sabía, extremadamente doloroso para su esposa, y por otros motivos habría preferido quedarse allí donde había echado raíces. De ahí que hiciera sus preparativos al principio de un modo condicional, deseando dejar por todas partes una vía abierta para su regreso tras una breve ausencia, si alguna intervención favorable de la Providencia disipaba sus temores. Se preparaba para transferir la dirección del Banco y para renunciar a cualquier control activo de otros asuntos comerciales en la vecindad, aduciendo su salud quebrantada, pero sin excluir la futura reanudación de tal labor. La medida le causaría algunos gastos adicionales y cierta merma de ingresos más allá de la que ya había sufrido debido a la depresión general del comercio; y el Hospital se presentaba como un
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