sin ensillar a través del parque con una nota a lápiz para la señora Cadwallader, quien ya conocía los chismes y no consideraría que se comprometía en absoluto al repetirlos cuantas veces fuera necesario.
Dorothea quedó retenida bajo el buen pretexto de que se esperaba al señor Garth, a quien quería ver, en la mansión dentro de una hora, y todavía estaba hablando con Caleb en el caminito de grava cuando Sir James, al acecho de la mujer del rector, la vio venir y salió a su encuentro con las indicaciones necesarias.
“¡Basta! Entiendo”—dijo la señora Cadwallader—. “Tú serás inocente. Yo soy tan moruna que no puedo mancillarme”.
“No quiero decir que tenga mayor importancia”, dijo Sir James, a quien no le hacía gracia que la señora Cadwallader entendiera demasiado. “Solo que es conveniente que Dorothea sepa que hay razones por las cuales no debe recibirlo de nuevo; y la verdad es que yo no puedo decírselo. A usted le resultará fácil y natural”.
Llegó con absoluta levedad. Cuando Dorothea dejó a Caleb y se dio la vuelta para recibirlos, resultó que la señora Cadwallader había cruzado el parque por pura casualidad en el mundo, solo para charlar con Celia en plan maternal sobre el bebé.
¿Y con que el señor Brooke iba a regresar? ¡Qué encanto!—regresaba, era de esperar, totalmente curado de la fiebre parlamentaria y del espíritu pionero.
A propósito del Pioneer—alguien había profetizado que pronto sería como un delfín moribundo y cambiaría de todos los colores por no saber cómo salir del apuro, debido a que el protegido del señor Brooke, el brillante joven Ladislaw, se había ido o estaba por irse. ¿Se había enterado Sir James de eso?