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nydus/MiddlemarchPublic
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LXXIV

desviando la conversación con una pregunta sobre los jóvenes Hackbutt, no tardó en despedirse diciendo que iba a ver a Mrs. Plymdale. De camino hacia allí intentó imaginar que tal vez hubiera habido alguna disputa inusualmente acalorada en la reunión entre Mr. Bulstrode y algunos de sus frecuentes oponentes —quizá Mr. Hackbutt hubiera sido uno de ellos—. Eso lo explicaría todo.

Pero cuando estaba conversando con la señora Plymdale, aquella explicación reconfortante parecía ya insostenible. «Selina» la recibió con un afecto patético y una disposición a dar respuestas edificantes sobre los temas más triviales, lo cual difícilmente podía referirse a una pelea ordinaria cuya consecuencia más importante fuera una alteración en la salud del señor Bulstrode. De antemano, la señora Bulstrode había pensado que preferiría interrogar a la señora Plymdale antes que a cualquier otra persona; pero descubrió, para su sorpresa, que una vieja amiga no es siempre la persona de quien resulta más fácil hacer una confidente: existía la barrera de la comunicación recordada bajo otras circunstancias⁠—existía la repugnancia a ser compadecida e informada por alguien que desde hacía tiempo solía concederle la superioridad. Pues ciertas palabras de misteriosa pertinencia que la señora Plymdale dejó escapar acerca de su resolución de no dar nunca la espalda a sus amigos, convencieron a la señora Bulstrode de que lo ocurrido debía de ser alguna especie de desgracia, y en lugar de ser capaz de decir con su natural franqueza: «¿Qué es lo que tiene en mente?», se encontró ansiosa por marcharse antes de haber escuchado nada más explícito. Empezó a abrigar la inquietante certeza de que la desgracia era algo más que la mera pérdida de dinero, al ser agudamente sensible al hecho de que

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