haber operado con Caleb Garth; y Bulstrode sentía mucha ansiedad por temor a que le sobreviniera un impulso semejante al ver a Lydgate. Se quedó a solas con él durante la noche, limitándose a ordenar a la ama de llaves que se acostara sin desvestirse, para estar lista cuando la llamara, alegando su propia indisposición para dormir y su deseo de cumplir las órdenes del médico. Las cumplió fielmente, a pesar de que Raffles pedía brandy incesantemente y declaraba que se estaba desvaneciendo —que la tierra se desvanecía bajo sus pies—. Estaba inquieto e insomne, pero aun así acobardado y manejable. Ante el ofrecimiento de la comida ordenada por Lydgate, que rechazó, y la negativa a darle otras cosas que exigía, pareció concentrar todo su terror en Bulstrode, implorando la moderación de su ira, de su venganza por hambre contra él, y declarando con fuertes juramentos que nunca le había dicho a ningún mortal una sola palabra en su contra. Incluso esto sintió Bulstrode que no le habría gustado que Lydgate oyera; pero un signo más alarmante de alteración caprichosa en su delirio fue que, en la penumbra de la mañana, Raffles de repente pareció imaginar la presencia de un médico, dirigiéndose a él y declarando que Bulstrode quería matarlo de hambre por venganza por haberlo contado, cuando jamás había contado nada.
El imperioso temperamento innato y la firmeza de determinación de Bulstrode le sirvieron de mucho. Este hombre de aspecto frágil, turbado él mismo en lo más hondo de sus nervios, halló el estímulo necesario en sus arduas circunstancias, y a lo largo de aquella difícil noche y madrugada, mientras mantenía el aire de un cadáver animado que hubiera vuelto al movimiento sin calor, ostentando el dominio por su gélida inpasibilidad, su mente trabajó intensamente pensando en aquello de lo que debía defenderse y en lo que le procuraría la seguridad.