Lydgate aún esperó, pero al fin se volvió para hablar con su tono más decidido.
“No; prefiero que no quede ningún intervalo para la vacilación. Ya no estoy lo suficientemente seguro de mí mismo—quiero decir, de lo que me sería posible hacer bajo las circunstancias modificadas de mi vida.
Sería deshonroso permitir que otros se comprometan en algo serio dependiendo de mí. Es posible que al final me vea obligado a marcharme; le veo pocas probabilidades a cualquier otra cosa. Todo esto es demasiado problemático; no puedo consentir ser la causa de que su bondad se desperdicie.
No—que el nuevo Hospital se una a la antigua Enfermería, y que todo siga como podría haberlo hecho si yo nunca hubiera venido. He llevado un registro valioso desde que he estado allí; se lo enviaré a un hombre que sabrá aprovecharlo —concluyó con amargura—. Durante mucho tiempo no podré pensar en otra cosa que en conseguir ingresos”.
“Me duele muchísimo oírle hablar con tanta desesperanza”, dijo Dorothea.
“Sería una felicidad para sus amigos, que creen en su futuro y en su poder para hacer grandes cosas, que nos permitiera salvarle de eso. Piense en cuánto dinero tengo; sería como quitarme un peso de encima si aceptara una parte cada año hasta verse libre de esta agobiante falta de ingresos. ¿Por qué no habría de hacer la gente estas cosas? Al fin y al cabo, es tan difícil repartir las riquezas con equidad. Esta es una manera”.
“¡Que Dios la bendiga, señora Casaubon!”, dijo Lydgate, levantándose como si obedeciera al mismo impulso que había dotado de energía a sus