—Es una autoridad bastante buena, creo; un hombre que sabe la mayor parte de lo que pasa en Middlemarch. Es ese tío tuyo tan noble, religioso y caritativo. ¡Vamos a ver!
Aquí el señor Featherstone experimentó esa su peculiar sacudida interior que denotaba regocijo.
“¿El señor Bulstrode?”
—¿Quién más, eh?
—Entonces la historia se ha convertido en esta mentira a partir de algunas palabras moralizadoras que él pudo haber soltado sobre mí. ¿Pretenden que nombró al hombre que me prestó el dinero?
“Si hay un hombre así, ten por seguro que Bulstrode lo conoce. Pero, suponiendo que solo hayas intentado conseguir el dinero prestado y no lo hayas conseguido—Bulstrode también lo sabría. Tráeme un escrito de Bulstrode que diga que él no cree que tú hayas prometido jamás pagar tus deudas con las rentas de mis tierras. ¡Ándate ahora con eso!”
El rostro del señor Featherstone requirió de toda su gama de muecas como válvula de escape muscular a su triunfo silencioso por la lucidez de sus facultades.
Fred sintió que se encontraba en un dilema repugnante.
—Debe de estar bromeando, señor. El señor Bulstrode, como cualquier otro hombre, cree en multitud de cosas que no son ciertas, y tiene prejuicios contra mí. Me sería fácil conseguir que escribiera que no conocía ningún hecho que probara el rumor del que habla, aunque eso pudiera traer desagrados. Pero difícilmente podría pedirle que pusiera por escrito lo que cree o deja de creer acerca de mí. Fred se detuvo un instante y luego añadió, apelando astutamente a la vanidad de su tío: