Salimos de las montañas y atravesamos un robledal, y había ganado blanco paciendo en el bosque. Más abajo había llanuras herbosas y arroyos cristalinos, y luego cruzamos un arroyo, pasamos por un pueblecito sombrío y comenzamos a subir otra vez. Subimos y subimos, cruzamos otro puerto elevado y lo bordearon, y la carretera descendía hacia la derecha, y vimos toda una nueva cordillera hacia el sur, toda marrón y de aspecto reseco y surcada de extrañas formas.
Al cabo de un rato salimos de las montañas, y había árboles a ambos lados del camino, y un arroyo y campos de grano maduro, y el camino seguía, muy blanco y recto hacia adelante, y luego ascendía en una pequeña pendiente, y a la izquierda se alzaba una colina con un viejo castillo, con edificios apiñados a su alrededor y un campo de grano que llegaba hasta los mismos muros y se mecía con el viento.
Iba delante con el conductor y me volví. Robert Cohn estaba dormido, pero Bill miró e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
Luego cruzamos una llanura amplia, y a la derecha había un gran río que brillaba bajo el sol entre la hilera de árboles, y a lo lejos se divisaba la meseta de Pamplona elevándose sobre la llanura, y las murallas de la ciudad, y la gran catedral marrón, y el perfil desdibujado de las otras iglesias. A espaldas de la meseta estaban las montañas, y hacia dondequiera que mirases había otras montañas, y al frente el camino se extendía blanco a través de la llanura en dirección a Pamplona.
Llegamos al pueblo por el otro lado de la meseta, con la carretera ascendiendo empinada y polvorienta flanqueada de árboles de sombra a ambos lados, para luego nivelarse al atravesar la zona nueva que están construyendo fuera de las murallas viejas.