El hombre que llevaba una ventaja de cosa de dos minutos en la carrera sufrió un brote de furúnculos, que eran muy dolorosos.
Se sentaba sobre los riñones. Su cuello estaba muy rojo y los pelos rubios, quemados por el sol.
Los demás corredores le bromeaban sobre los furúnculos. Él golpeaba la mesa con el tenedor.
—Escucha —dijo—, mañana tendré la nariz tan pegada al manillar que lo único que tocará esas úlceras será una brisa encantadora.
Una de las chicas lo miró desde el otro extremo de la mesa, y él sonrió de oreja a oreja y se puso rojo.
Los españoles, decían, no sabían pedalear.
Tomé café en la terraza con el mánager de un equipo de uno de los grandes fabricantes de bicicletas. Dijo que había sido una carrera muy agradable, y que habría valido la pena verla si Bottechia no la hubiera abandonado en Pamplona.
El polvo había sido molesto, pero en España las carreteras eran mejores que en Francia.
Las carreras ciclistas en carretera eran el único deporte del mundo, dijo. ¿Había seguido alguna vez el Tour de Francia? Solo en los periódicos.
El Tour de Francia era el mayor acontecimiento deportivo del mundo. Seguir y organizar las carreras de carretera le había hecho conocer Francia. Poca gente conoce Francia. Toda la primavera, todo el verano y todo el otoño los pasaba en la carretera con los ciclistas de ruta.