Cortó el extremo de su puro con un cortapuros de oro que llevaba en uno de los extremos de su cadena de reloj.
—Me gusta que un puro tire de verdad —dijo el conde—. La mitad de los puros que uno se fuma no tiran.
Encendió el puro, le dio una calada, mirando al otro lado de la mesa a Brett. —¿Y cuando esté divorciada, Lady Ashley, entonces ya no tendrá título?
—No. Qué lástima.
—No —dijo el conde—. No te hace falta un título. Derramas clase por todos lados.
—Gracias. Es usted muy amable.
—No te estoy bromeando —el conde exhaló una nube de humo—. Tienes más clase que cualquier otra persona que haya visto. La tienes. Eso es todo.
—Qué amable por tu parte —dijo Brett—. A mamá le gustaría. ¿No podrías redactarlo y se lo mando en una carta?
—Yo también se lo diría —dijo el conde—. No estoy bromeando. Yo nunca bromeo con la gente. Bromeas con la gente y te haces enemigos. Eso es lo que yo siempre digo.
—Tienes razón —dijo Brett—. Tienes toda la razón. Siempre le tomo el pelo a la gente y no tengo ni un amigo en el mundo. Salvo Jake aquí presente.
“Con él no se bromea.”
“Eso es todo.”
—¿De veras? —preguntó el conde—. ¿Bromeas con él?