No las quería por allí.
A menudo hablábamos de toros y toreros. Yo me había estado hospedando en el Montoya durante varios años. Nunca hablábamos mucho rato seguido. Era simplemente el placer de descubrir lo que cada uno de nosotros sentía. Venían hombres de pueblos lejanos y, antes de irse de Pamplona, se detenían a hablar unos minutos con Montoya sobre los toros. Esos hombres eran aficionados. Los que eran aficionados siempre conseguían habitación, incluso cuando el hotel estaba lleno. Montoya me presentó a algunos de ellos. Al principio siempre eran muy educados, y les hacía mucha gracia que yo fuera estadounidense. De algún modo se daba por sentado que un estadounidense no podía tener afición. Podía fingirla o confundirla con la emoción, pero no podía tenerla de verdad. Cuando veían que yo tenía afición —y no había contraseña ni preguntas hechas para sacarla a relucir, sino que era algo así como un examen espiritual oral con las preguntas siempre un poco a la defensiva y nunca evidentes—, se producía ese mismo y azorado gesto de poner la mano en el hombro, o un «Buen hombre». Pero casi siempre se daba el contacto físico real. Parecía como si quisieran tocarte para cerciorarse.
Montoya podía perdonarle cualquier cosa a un torero que tuviera afición. Podía perdonar ataques de nervios, pánico, malas acciones inexplicables, toda clase de fallos. A alguien con afición le perdonaba cualquier cosa. Al instante me perdonó a todos mis amigos. Sin que él dijera nunca nada, pasaron a ser sencillamente algo un poco vergonzoso entre nosotros, como el destripamiento de los caballos en las corridas de toros.
Bill había subido arriba al entrar nosotros, y lo encontré lavándose y cambiándose de ropa en su habitación.