Cohn nunca se emborrachaba. Mike era desagradable después de rebasar cierto límite. Me gustaba verlo herir a Cohn. Ojalá no lo hubiera hecho, sin embargo, porque después me producía asco de mí mismo. Eso era la moralidad; cosas que te daban asco después. No, eso debía de ser la inmoralidad. Era una afirmación rotunda. Cuántas memeces se me ocurrían por la noche. Qué estupidez, podía oír decirlo a Brett. ¡Qué estupidez! Cuando uno andaba con ingleses adquiría la costumbre de usar expresiones inglesas al pensar. El idioma inglés hablado —el de las clases altas, de todos modos— debía de tener menos palabras que el esquimal. Por supuesto, yo no sabía nada del esquimal. Tal vez el esquimal fuera un idioma excelente. Digamos que el cheroqui. Yo tampoco sabía nada del cheroqui. Los ingleses hablaban con frases con inflexiones. Una sola frase para significar todo. Me caían bien, sin embargo. Me gustaba cómo hablaban. Tomemos a Harris. Aunque Harris no pertenecía a las clases altas.
Volví a encender la luz y leí. Leí el Turguénev. Sabía que ahora, leyéndolo con la mente hiperestesiada después de demasiado brandy, lo recordaría en alguna parte, y después me parecería como si realmente me hubiera pasado a mí. Siempre lo tendría. Aquella era otra de esas cosas buenas por las que uno pagaba y luego conservaba. Ya entrada la madrugada, me quedé dormido.
Los dos días siguientes en Pamplona transcurrieron tranquilos y no hubo más peleas. El pueblo se estaba preparando para la fiesta. Los obreros levantaron los postes de las puertas destinados a cerrar las calles laterales cuando los toros salieran de los corrales y corrieran por las